La tormenta perfecta





Moreno sabía que cuando terminara de escribir iba a morir. Cuando todavía era muy joven ya pudo saborear el señuelo, ahora sólo traía el anzuelo destrozándole la boca. Ahora sólo sorbía su sangre pacientemente. Esperaba. Dilataba el final. Se reía luego, tontamente. Sentado en la esquina de un escritorio viejo, escondido bajo una frazada de polvo desde 1984. Escribió hace mucho tiempo con un cuchillo una cita de Dumas sobre aquella mesa. La observaba y reía de nuevo, ensimismado. “La vida es un rosario de pequeñas miserias que el filósofo desgrana riendo” Athos.
No, la vida es otra cosa. La vida es el cebo. ¿La muerte? La muerte es la caña. Pensaba entonces en la posibilidad de un pescador que sostuviera esa caña. Reía de nuevo.
La lluvia no cesaba de caer, señal de que estaba viva. El viento hacía aplaudir a las persianas destartaladas. La casa era un sonajero. El agua entraba por los orificios de la puerta, misteriosamente el techo tenía bien puestos los parches. Si ponías atención podías escuchar el chirrido de las ratas en el cielo raso, si tuvieran a dónde ir Moreno ya estaría sólo.
Recordaba entonces que los celeizades creían que la muerte era como una tormenta invertida. En ésta el trueno se adelantaba. Después llegaba la fulminación. Al fin de cuentas la muerte estaba escondida a la vista de todos. Cada persona en el mundo está segura de que se va a morir, todos esperan no morir hoy.
Escribía porque nada más podía hacer, algo que no tenía fuerza, ni fiebre ni rabia en ésos versos. Versos leves, leves, tan leves y sin suerte. Escribía como suplicando que se fueran, versos sin suerte, nacidos en la muerte.
No entres dócilmente en esa buena noche... pensaba, enfurécete ante la muerte de la luz.
Un frío suspiro sabía colarse por el cuarto. Moreno se acomodaba la bufanda y sacudía el esqueleto.
Once renglones. La muerte es un perro con la paciencia de Argos, esperaría una eternidad para desatar el nudo que nos retiene, sin lamentos. La muerte no lleva reloj, el tiempo no puede conocerlo. La eternidad es nuestra. Ella desconoce la agonía de la finitud, pero también desconoce su vértigo. Está retorciéndose en una otredad apática para con nuestra ternura de vagabundos. Porque nosotros, vagos, tenemos cierta ternura, patética desde luego; la notamos sólo cuando ya se deshizo el cebo.
Cinco renglones. Quisiera leer a Ussje Zpole y a un poeta real visceralista. En el fondo todos aspiramos morir como Zaratustra. Tenemos que conformarnos con morir como morimos nosotros. ¿Todo lo que comienza como tragedia termina como comedia? Quizá cuando Mayuasiri sea grande me recuerde. ¡Ay, el olvido es más justo! La tormenta no concluye. La sed no debería irse antes que la carne. Un trueno.
 



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