Melancolía de verano.



"Conocí desde luego que no es la sabiduría la que guía a los poetas, sino ciertos movimientos la naturaleza y un entusiasmo semejante al de los profetas y adivinos; que todos dicen muy buenas cosas, sin comprender nada de lo que dicen"

Platón



Emily Dickinson dice que la esperanza es una cosa sin plumas que planta sonrisas que florecen en la oscuridad. Ella es una poeta descomunal, junta las palabras de tal manera que uno, de pronto, olvida que son palabras, olvida su sentido referencial, olvida que dicen algo respecto de algo que no está; uno es engañado, es encantado, es entontecido y, realmente, uno agradece atravesar el poema para salir de él un poco más aniñado y un poco más vital. 

Aunque pueda sonar pueril, no me refiero a una infantilización ridícula - aunque tal vez sí haya algo de ridículo, también - que reencontraríamos por medio de la lectura del poema. En todo caso, estoy tratando de apelar a lo mejor de la niñez, a lo que hay de infinitamente potente e infinitamente fértil en la infancia, como época del bautismo de las cosas. Esto es, la infancia como lo contrario de la adolescencia, la infancia como anterior al pantano hiperreflexivo, pasional, edulcorado y sentimental que sigue a la infancia. Es decir, la infancia como la instancia más intensa de acercamiento al mundo, la infancia como primer tacto, como primer olfato y como primer tentación. 

Hay una erótica en todo ésto, hay una recuperación erótica de nuestra experiencia primera en el poema que tiene la fuerza de sentar a la vida sobre las plantas de sus pies, produciendo un efecto de extrañamiento en nosotros que, ya muy adultos y demasiado envenenados por la alienación repetida que padecemos, tanto voluntaria como involuntariamente, agradecemos. Sí, agradecemos atravesar un poema y salir de un poema extrañados. 




¿Por qué? Porque la vida adulta en general es una mierda. Nuestras adultas vidas son tan repetitivamente absurdas y tan sobrecargadas de cada una y de todas nuestras insoportables impotencias para ser, que, sentirnos extraños a nosotros mismos es, la más de las veces, un respiro, un alivio, una juerga. 

Habrá quiénes dirán que no ponga a todos los adultos en la misma bolsa, que no todos son miserables, que sus vidas son fantásticamente vigorosas y que definitivamente no han perdido la magia. Bueno, lo siento por ellos, pero sí, por más deshonestos que sean consigo mismos y por más talentosos que sean en el rastrero arte de la negación, estoy diciendo que el gran drama de nuestra miserable adultez es justamente que hemos perdido la magia, que toda la intensidad de la vida quedó en cierta medida atrapada en nuestro pasado y ahora no hacemos más que disponer de todas nuestras fuerzas a los efectos de revitalizar el tramo de vida que nos toca, el tramo que nos queda, que, por supuesto, no implica ya ningún bautismo de ninguna cosa; solamente la fluctuación infinita de encuentros y desencuentros con remozadas repeticiones, despertares adormilados y una perenne premonición de cansancio para mañana.

En cierta medida, no vivimos la adultez más que como una perpetua relectura de la vida que perdemos, en la que, no obstante, podemos encontrar también secretos y alegrías comunes. Es en éste sentido en que podemos decir que ninguna persona que haya vivido lo suficiente es ajena a una experiencia ciertamente melancólica de su ser en curso y, por tanto, cuando la infinita repetición se impone, todo se vuelve archiconocido, la magia desaparece y la vida transcurre como si caminara en un reloj de pared, entonces, agradecemos que exista Emily Dickinson y que escriba que ve un sépalo, un pétalo y una espina; en una mañana cualquiera de verano, una abeja o dos, un frasco de rocío y una brisa; y cada pequeña gentileza, como un libro o una flor, canta una canción sin letra, que nunca, nunca se calla..."


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