Sobre Wislawa y lo ridículo de escribir poemas.
Wislawa no sabe, Wislawa no deja de
querer, encontrar, descubrir, admirar. Wislawa no sabe y tiene un superpoder.
No sé si sabe Wislawa, que tiene un superpoder, yo creo que sí, que si no sabe
confía, que si no confía tiene fe, si no fe en su poder fe en su querer.
Wislawa quiere ver, quiere ver las cosas como son, quiere verlas morir. No son
lo que fueron ni serán lo que son, pero no dejarán de serlo.
Seguirán así, quedándose o yéndose.
Wislawa no sabe y admira y de su boca nacen o resbalan palabras que parecen
limpias, venidas de otro lado, llenas de todo lo que no entendemos del mundo,
como si en su lengua se juntaran por única vez la mirada de Wislawa y la vida o
la muerte de lo que Wislawa mira. Así, ella nos muestra lo que parece estar al
alcance de todos, pero naturalmente no vemos.
“A algunos, / es decir, no a todos. / Ni
siquiera a los más, sino a los menos. / Sin contar las escuelas, donde es
obligatorio, / y a los mismos poetas, / serán dos de cada mil personas. / Les
gusta, / como también les gusta la sopa de fideos, / como les gustan los
cumplidos y el color azul, / como les gusta la vieja bufanda, / como les gusta
salirse con la suya, / como les gusta acariciar al perro. / La poesía, / pero
qué es la poesía. / Más de una insegura respuesta / se ha dado a esta pregunta.
/ Y yo no sé, y sigo sin saber, y a esto me aferro / como a un oportuno
pasamanos.”
Quisiera transcribir todos los poemas que
me gustan, después cerrar la boca, hacer silencio. En principio, por placer; en
segundo lugar, por un sentimiento de indignidad, porque no estoy seguro de cómo
hablar de algo como la poesía, porque siento que sólo se debería hablar de ella
desde dentro, poéticamente, lo contrario es inútil o un pecado capital.
Citar a Wislawa junto a mí voz no me hace
ningún favor, pero insisto. Su mirada contagia una mirada o una manera de mirar
y de alguna forma, descubriendo las cosas que, de pronto, vemos con ella,
descubrimos también algo enterrado en nosotros mismos, algo como un vacío
dormido, sepultado bajo un sinnúmero de intermitencias que lo dispersan o lo
esconden; interferidos por lo que somos y por cualquiera sea el aprendizaje que
aprendimos a temer y nos demora.
“Las cosas que no se saben son las que
convierten la vida en algo fascinante”, dice Wislawa y asienta todo su hacer
lírico en la inquebrantable potencia de la ignorancia, de la perplejidad, del
asombro, sentando sobre el ancho lomo del no saber el desmedrado culo de la
sabiduría.
En el poema “Es una gran suerte” lo
expresa lacónicamente: “Es una gran suerte / no saber del todo / en qué mundo
se vive”.
Wislawa no nos dice qué no sabemos,
habiendo muchas maneras de no saber, ella nos muestra, como quien te susurra un
secreto al oído, su hermosa manera de no saber, y desde ahí nos invade y nos
invita a vivir toda la increíble potencia de nuestro no entendimiento. Pero,
hay una condición a saber, una sola cosa, hay algo esencial que se oculta ahí
afuera y ahí adentro, que nos nutre y se escapa y no se deja atrapar y es. No
sabemos más, algo esencial existe, está al alcance de todos, todos los días, y
también muere.
El tiempo, mirado desde la vida (¿acaso
existe otro punto de vista para esto?), confundido con temporalidad, rebosante
de números, de líneas, de direcciones. El tiempo, inabordable, abierto como un
agujero en la noche, hazaña de pintor dibujando una ventana, vacía de cada cosa
que se nos ocurra o permita pensar, y la mirada de los que morimos, son los
pilares en los que se mueve la obra lírica de Wisława Szymborska y que tienen
su base en el carácter no sólo reflexivo sino también contemplativo con el que
esta mujer mira la existencia, la suya y la de quienes la rodean, deteniéndose
en múltiples, ínfimas, intrascendentes, circunstancias profundamente humanas,
en apariencia insignificantes, fruto de una extraordinaria capacidad de
descubrir la riqueza de matices que conlleva la vida, apenas uno se larga a
caminar dejando atrás lo que sabe o cree saber de antemano, despertando a un
estado de aventura que había olvidado y que encuentra valor por donde mire.
La poesía de Wislawa nos enseña a valorar,
algo verdaderamente difícil, nos dice que la más pequeña y desestimable de las
experiencias tiene una fuerza que no habita en ninguna otra, nos dice que si
nuestra vida no fuera inaudita no valdría la pena hablar. Por eso nos llega
como una música, algo como un tiempo liberado de la temporalidad. Ahí su
destreza. Su superpoder es otra cosa, no sé bien cómo decirlo, está en la
mirada, quizá sea el gesto de pasarle la escoba a la realidad, dejándola
reluciente, inacabada, siempre todavía aún por hacerse, más viva que nunca.
“Ya verá cuando regrese, / ya verá cuando aparezca.
/ Se va a enterar / de que eso no se le puede hacer a un gato. / Irá hacia él/
Como si no quisiera, / despacito, / con las patas muy ofendidas. / Y nada de
saltos y maullidos al principio.”

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